Cada mes de agosto, la Sierra Tarahumara recibe a un grupo de personas que llegan por la misma razón desde hace catorce años: recorrer sus caminos, no para competir entre sí, sino para sostener con esa aventura el trabajo social que el Refugio realiza durante todo el año.
Una aventura para compartir, no para competir
Desde su primera edición, la Ruta de la Manzana se distanció deliberadamente del concepto de carrera. Aquí no se premia al más rápido; se celebra a quien se detiene a esperar al resto del grupo, a quien comparte comida en el camino, a quien vuelve año tras año no por el reto físico, sino por la comunidad que se forma alrededor del recorrido.
Esa decisión, sostenida durante catorce ediciones, es lo que distingue a la Ruta de cualquier otro evento en la región.
El ritmo lo marcas tú, el impacto lo hacemos todos
Detrás de cada vehículo que arranca el primer día, hay una razón que va más allá del paisaje: cada inscripción sostiene los programas del Refugio durante los siguientes doce meses.
Quien participa en la Ruta no solo vive tres días de convivencia en la sierra, se convierte, sin saberlo del todo, en parte directa de la historia de un niño en ADN o de un adulto mayor en Alimentando Corazones.
Hay caminos que se recorren para llegar a un lugar, y hay caminos, como este, que se recorren para sostener a alguien más.






